Cuando se suicida
- Flor

- 14 jul
- 2 min de lectura
Actualizado: 28 jul
Hay pérdidas que cambian la vida para siempre, pero cuando un ser querido fallece por suicidio, al dolor de la ausencia suele sumarse otro sufrimiento: el silencio.

Quienes viven este tipo de duelo no solo enfrentan la pérdida, también conviven con preguntas sin respuesta, sentimientos de culpa, rabia, vergüenza y un fuerte estigma social que muchas veces dificulta pedir ayuda o hablar de lo ocurrido.
En Chile, el suicidio continúa siendo un importante problema de salud pública. La mortalidad por suicidio es aproximadamente cuatro veces mayor en hombres que en mujeres, y cada fallecimiento impacta profundamente a familiares, amistades y comunidades enteras.
La investigación también muestra que quienes pierden a un ser querido por suicidio presentan un riesgo significativamente mayor de desarrollar duelo prolongado, depresión, estrés postraumático e incluso ideas suicidas, en comparación con otros procesos de duelo. Por ello, el acompañamiento específico a los sobrevivientes no solo favorece la recuperación, sino que también constituye una estrategia de prevención.
Desde el psicoanálisis, una pérdida de esta naturaleza puede fracturar el mundo interno. Por lo que el duelo implica un trabajo psíquico en relación al vínculo con quien ya no está.
Vemos que cuando la muerte ocurre de forma abrupta y desafía nuestra comprensión, ese trabajo puede quedar detenido por la culpa, la identificación inconsciente con el ser amado o la necesidad de encontrar una explicación imposible.
Preguntas como: "¿qué podría haber hecho?" pueden convertirse en una prisión si no encuentran un espacio donde puedan ser expresadas, reflexionadas y elaboradas.
Por otra parte, desde la mirada oriental, el sufrimiento no nace únicamente de la pérdida, sino también de la resistencia a la realidad tal y como es. Esto no implica el gran desafío de enfrentar los hechos, las vivencias y el mundo interno hasta llegar, poco a poco, a mirar el dolor con compasión en lugar de quedar atrapados en la culpa o el rechazo.
La compasión budista (karuṇā), que puede ser cultivada por todos nosotros, comienza por reconocer el sufrimiento sin negarlo y sin juzgarlo.
Hablar de estas experiencias con respeto no aumenta el riesgo. Al contrario, rompe el aislamiento y permite que el dolor encuentre un lugar donde ser escuchado.
La evidencia muestra que los espacios de apoyo, la psicoterapia y las redes de acompañamiento son fundamentales para favorecer la integración de este tipo de pérdidas.
Necesitamos una cultura donde las conversaciones difíciles también tengan un lugar.
Porque el silencio protege al estigma.
La palabra, cuando encuentra un espacio seguro, puede comenzar el alivio al sufrimiento.
Hablar sobre el suicidio con nuestros seres queridos y acompañarse profesionalmente cuando estamos en duelo, nos ayuda a construir una Cultura del Buen Vivir y Buen Morir.
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Con amor,
Flor
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